Que hoy sea miércoles, que sean las once y pico, que estemos en mayo, que el año sea 2011, que el lugar desde donde escribo esto se llame Buenos Aires; todo eso responde a nuestra necesidad de ponerle nombre a las cosas.
Los nombres sirven, inicialmente, para comunicarse. ¿Cómo podríamos encontrarnos a tomar un café, sin mencionar un día, una hora y un lugar?
Pero como toda cosa creada, enseguida toma vida propia y se aleja -a veces dramáticamente- de los designios de su creador.
Entonces, mientras vivimos, los nombres se nos van recubriendo de connotaciones, y adquieren brillos o pestilencias que lo modifican todo.
Nosotros, sin advertirlo, nos dedicamos a recitar preferencias y repulsiones. "Me gustan los nombres Julia y Patricia", "Cecilia es un nombre horrible", "Mi color favorito es el violeta", "Soy de Boca", "No soporto a los pelirrojos", y una serie interminable que, según creemos, nos define.
Y en efecto lo hace, aunque haríamos bien en preguntarnos por qué.
¿Que, encima queres que te lo diga?
¿Por qué?ah Porque...
ResponderEliminarpd:Cecilia es un nombre horrible, eso parece dicho por mí.No me gusta u-u
Hola Dani, para mi es porque solo somos EGO.
ResponderEliminarBeso.
Tenemos que ponerle nombre al café, al lugar y a la puntualidad... porque el cosmos no siempre conspira a nuestro favor. Las palabras son una forma dedesafiarlo. Digo yo. Pero no estoy en mis cabales.
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