Uno quiere, uno necesita creer que una decisión tomada de forma racional y meditada, resulta mucho más conveniente que someterse a los designios del mero azar.
En un mundo regido por leyes inmutables, nuestra inteligencia resulta la mejor herramienta.
¿O no?
¿No sería intolerable llegar a la conclusión que, estadísticamente, un matrimonio "arreglado" tiene más probabilidades de transformarse en feliz que uno decidido por los propios interesados?
¿No sería frustrante llegar a entender que nos iría mejor decidiendo las cuestiones importantes de nuestra vida, lanzando una moneda al aire?
El kleroterion fue un dispositivo que se utilizó en la antigua Atenas para seleccionar, aleatoriamente, a los ciudadanos que cubrirían la mayor parte de los cargos públicos.
Los atenienses entendieron, de una forma sorprendentemente temprana, que cuando tenemos la posibilidad de elegir, tenemos también el riesgo de ser manipulados, influidos, engañados, presionados, y además, por supuesto, de equivocarnos.
Hay que tener mucha autoestima para poder aceptar que el azar es mejor tomando las decisiones importantes, y seguir tu vida como si nada.
Renunciaron a buscar alternativas para mejorar la "selección racional" y aceptaron, en uno de los pocos momentos de la Historia que nos enaltece como especie, que nos resultaba imposible competir con el azar.
Y aún es así.