Hoy vi por la calle una mujer terrible. No lo digo despectivamente ni quiero ahondar en su fealdad: era una persona castigada por la naturaleza, con un cuerpo muy feo, gordo y mal proporcionado. Tenia un andar casi lastimoso y una expresión vencida y desesperanzada.
Cuando la ví me dió vergüenza que notara que la observaba y me hizo sentir mal (se ve que hoy estoy pelotudamente vulnerable).
En la mente se me disparó instantáneamente un sólo pensamiento: una persona así tiene negadas muchísimas cosas: el amor, el hermoso placer del sexo, el tonto placer de la vanidad, el respeto de los otros y hasta la autoestima.
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Quién debe vivir en ese cuerpo, sólo puede hacerlo de dos formas: odiando al universo, o aceptando una vida que es y será distinta a la del resto. Explico: si uno acepta que determinadas cosas le resultan inaccesibles, aún puede ser feliz y disfrutar de una existencia limitada, pero plena dentro de esos límites.
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Sé que nunca voy a tener un yate, y sin embargo eso no me hace infelíz. Sé que nunca voy a tener a Mónica Belucci, y aún así sé que puedo ser feliz. Si llevamos estos razonamientos al extremo, llegaríamos a entender por qué alguna gente sufre con tanto y otros son felices con tan poco.
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Es difícil entender donde termina esta sabia aceptación y donde empieza el conformismo, pero en situaciones extremas como esta tal vez se vea mejor.
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En esta sociedad estúpida en la que todos se creen estrellas de Hollywood y se pelean por el cartel, nadie acepta ser un actor de reparto. Todos "van por todo" y nadie es felíz con nada. Yo le ví la cara a esa mujer, y entendí que no era felíz. Tal vez ella también vió mi cara y entendió que yo tampoco era feliz.


